IV. LA SEDE DEL GOBERNADOR (INTRO)
El camino marcado con el IV asciende por una escalinata de piedra hasta un edificio de apariencia solemne. Su arquitectura es institucional, casi austera, pero ciertos detalles —columnas ornamentadas, tapices caros visibles tras las ventanas, un emblema dorado sobre la puerta— revelan el gusto por el lujo ostentoso. Sin duda, esta es la morada del hombre que gobierna la Ciudad Subterránea.
Antes de cruzar el umbral, la puerta se abre con brusquedad. Dos guardias emergen arrastrando a una mujer esposada, con la cabeza gacha. Sin detenerse, la conducen hacia el corredor que lleva a la prisión. El sonido de los grilletes chocando contra la piedra resuena demasiado fuerte en el pasillo.
El lugar te provoca un escalofrío. Hay algo pesado en el aire, como si las paredes hubieran aprendido a guardar secretos incómodos.
Sientes, con una mezcla de inquietud y alerta, que estás a punto de enfrentarte a un hombre poderoso, sí…
pero también a alguien caprichoso, vanidoso y peligrosamente imprevisible.
IV · LA SEDE DEL GOBERNADOR (EVENTO)
La sala de audiencias es amplia y fría, con un techo demasiado alto para resultar acogedor. Cada paso resuena con un eco incómodo, como si el edificio escuchara. Frente al estrado, una pequeña cola avanza con lentitud ritual.
Te unes a ella.
Las conversaciones llegan en fragmentos, siempre en voz baja. Nombres susurrados. Fechas que nadie quiere pronunciar con claridad. Los condenados son el tema constante. A base de escuchar, empiezas a comprender cómo funciona realmente este lugar.
Algunos visitantes entran con una o varias gemas, entregadas como simple ofrenda: un gesto de respeto, dicen, que puede suavizar el trato o inclinar el ánimo del Gobernador.
Otros hablan con más precisión. Dos gemas amarillas, exactamente dos, han servido en el pasado para solicitar un indulto completo. No es una garantía, pero tampoco una superstición.
También se menciona, casi como una opción menor pero valiosa, que una sola gema amarilla puede bastar para aplazar una condena, ganar tiempo… o posponer lo inevitable.
Nadie comenta qué ocurre cuando alguien cruza esas puertas sin ofrecer nada. No porque no importe, sino porque parece algo que nadie quiere comprobar.
Mientras la fila avanza un paso más, tu mirada se desvía hacia un tablón de anuncios al fondo de la sala. Varias personas se detienen ante él antes de continuar, como si buscaran confirmar un nombre… o asegurarse de que el suyo aún no figura allí.
Te detienes a pensar.
Seguir en la cola es aceptar el juego del poder.
Dar media vuelta es rechazarlo.
Y quizá, antes de decidir, convenga mirar con atención ese tablón.
Aquí, cada audiencia tiene un precio.
REGALAS UNA GEMA CUALQUIERA AL GOBERNADORCuando llega tu turno, cruzas el umbral y avanzas unos pasos hasta quedar frente al estrado. Sin decir palabra, depositas una gema amarilla ante el Gobernador.
Durante un instante, el hombre no reacciona. Luego, sus ojos se abren con un brillo casi infantil. La toma entre los dedos, la alza a la luz y sonríe con auténtico deleite.
—Exquisita… —murmura—. Un gesto así no se ve todos los días.
Levanta la vista hacia ti, complacido, y asiente con lentitud.
—Habéis demostrado entender cómo funciona este lugar. Y eso merece recompensa.
Hace una seña discreta. Un escribiente se aproxima y, con rapidez ceremonial, redacta un documento sellado con el emblema del gobierno. El Gobernador lo toma y te lo entrega en mano.
—Un salvoconducto —explica—. Portador del peso de mi autoridad. Con él podéis conceder un indulto, otorgar un aplazamiento… o dictar una condena. No para vos, sino para quien elijáis.
—Una sola vez —añade, con una sonrisa ladeada—. Como todas las decisiones importantes.
Antes de que puedas responder, el Gobernador se reclina en su asiento y pierde el interés. Los guardias se adelantan con cortesía firme, marcando el final de la audiencia.
Mientras abandonas la sala, comprendes algo esencial:
este favor no ha sido un acto de justicia, sino de capricho.
Y también sabes que, por razones que no se explican —quizá por protocolo, quizá por desconfianza—, no volverás a ser recibido en este lugar.
Las puertas de la Sede del Gobernador se cierran tras de ti.
En la Ciudad Subterránea, algunos regalos abren caminos.
Otros los clausuran para siempre.
Recibes
Salvoconducto #XXXX
que libera a un condenado, aplaza su ejecución o condena a un nuevo jugador
puedes usarlo en la sede del gobernador, no hace falta que pagues ninguna gema, simplemente entra
bueno, no tu, deberás regalarlo. Tu no puedes volver a visitar esta localización
ENTRAS CON UN SALVOCONDUCTOTe adelantas un paso y despliegas el salvoconducto ante el Gobernador. El sello oficial brilla a la luz de las antorchas, inconfundible.
El hombre alza una ceja. Luego sonríe.
—Veo que ya habéis aprendido a moveros por mi ciudad.
Toma el documento con cuidado, lo examina solo lo justo y asiente, satisfecho. No hay sorpresa en su gesto, solo reconocimiento.
—Este salvoconducto lleva mi palabra —declara—. Y mi palabra aún significa algo aquí abajo.
Con un movimiento lento, lo dobla y lo guarda, como si sellara un trato invisible.
—El favor es válido. Nombrad a un jugador.
Hace una pausa deliberada, dejando que el peso de la decisión caiga sobre ti.
—Quedará indultado. Su condena desaparece. Para la ciudad, será como si nunca hubiera estado destinado a morir.
El Gobernador se recuesta en su asiento, ya aburrido.
—Podéis retiraros.
Tu nombre queda inscrito en el tablón de anuncios. No podrás volver a pisar este lugar.
ENTRAS CON DOS GEMAS AMARILLASTe plantas ante el Gobernador y, sin rodeos, depositas dos gemas amarillas sobre la mesa de piedra pulida.
—Quiero comprar un indulto.
Durante un instante, el hombre no responde. Sus dedos se acercan despacio, casi con reverencia. Toma las gemas, las gira bajo la luz de las antorchas y sonríe, satisfecho. El brillo se refleja en sus ojos más de lo que debería.
—Ah… —murmura—. Siempre es un placer tratar con alguien que entiende el valor de las cosas importantes.
Con un gesto cuidadoso, hace desaparecer las gemas en el interior de su túnica, como si nunca hubieran existido. Luego se recuesta en su asiento, cruzando los dedos con calma estudiada.
—El favor es concedido —dicta—. Nombrad a un jugador.
Hace una breve pausa, disfrutando del silencio.
—Su condena queda anulada. Hoy no habrá soga para él… gracias a vos.
El Gobernador asiente, complacido, y pierde el interés tan rápido como lo ganó. Los guardias avanzan un paso, marcando el final de la audiencia.
Al abandonar la sala, comprendes que aquí la justicia no se imparte.
Se compra.
Tu nombre queda inscrito en el tablón de anuncios. No podrás volver a pisar este lugar.
ENTRAS CON UNA GEMA AMARILLAAvanzas hasta el estrado y presentas una única gema amarilla.
El Gobernador la observa con detenimiento excesivo. La toma entre dos dedos, la alza apenas… y frunce el ceño. Su mirada se vuelve fría, evaluadora.
—¿Solo una? —pregunta, sin ocultar el desprecio—. Qué austeridad tan poco inspiradora.
Deja la gema sobre la mesa con un sonido seco. Durante un instante parece considerar devolvértela. Luego sonríe, una sonrisa torcida, incómoda.
—Muy bien. Accederé a vuestra petición —dice al fin—. La ejecución será aplazada.
Hace una pausa. Demasiado larga.
—Pero no puedo permitir que el público se quede sin su espectáculo.
Se inclina hacia delante, apoyando los codos en la mesa.
—Intercambiaremos a dos condenados en el orden de las ejecuciones. Uno caerá antes de lo previsto. Otro vivirá un día más… quizá dos.
—Todos estarán contentos —concluye—. Excepto, claro está, los afectados.
Recoge la gema y la hace desaparecer sin más ceremonia.
—Así funciona el equilibrio —añade, ya desinteresado—. Podéis retiraros.
Mientras los guardias se aproximan, entiendes que aquí incluso la clemencia exige sangre.
En la Ciudad Subterránea, retrasar una muerte significa acelerar otra.
Tu nombre queda inscrito en el tablón de anuncios. No podrás volver a pisar este lugar.
ENTRAS SIN NADACruzas las puertas de la sala de audiencias con las manos vacías.
El Gobernador te observa en silencio. Sus ojos recorren tu figura, se detienen un instante más de lo necesario… y comprenden. No hay gesto. No hay ofrenda. No hay nada.
Su expresión cambia.
—¿Así que nada? —dice al fin, con una calma demasiado tensa—. ¿Pretendíais presentaron ante mí… sin nada que ofrecer?
Se inclina hacia delante. La paciencia desaparece de su rostro, sustituida por un brillo iracundo, herido en su orgullo más que en su autoridad.
—Qué insulto tan torpe —escupe—. Confundís mi cargo con caridad.
Se pone en pie de golpe. El sonido de su bastón golpeando el suelo retumba en la sala.
—Guardias.
No hay juicio. No hay réplica. Dos figuras armadas avanzan de inmediato y te sujetan con firmeza.
—Que aprenda —dicta el Gobernador, ya de espaldas—. La prisión suele enseñar lo que la educación no consigue.
Mientras te arrastran fuera, entiendes la lección con absoluta claridad:
En la Ciudad Subterránea, el respeto se mide en gemas.
Y llegar con las manos vacías es, en sí mismo, una condena.
Tu nombre queda inscrito en el tablón de anuncios. No podrás volver a pisar este lugar.
MIRAS EL TABLON DE ANUNCIOSTe acercas al tablón de anuncios.
Desde lejos parece una simple lista administrativa, pero al leer los nombres comprendes su verdadero propósito. Son jugadores. Personas que ya han cruzado esas puertas, que ya han estado frente al Gobernador… y que no volverán a hacerlo.
No hay fechas. No hay motivos.
Solo nombres, cuidadosamente escritos, algunos tachados con una línea firme, otros marcados con un pequeño sello oficial.
Escuchas a alguien murmurar detrás de ti:
—Una audiencia por persona. Siempre ha sido así.
Otro añade, casi en un suspiro:
—El Gobernador concede favores… pero no repite conversaciones.
El mensaje es claro. Aquí no hay segundas oportunidades, ni derecho a réplica. Quien entra una vez queda registrado para siempre, para bien o para mal. El tablón no amenaza. Constata.
Te alejas despacio, con la incómoda certeza de que, si tu nombre acaba ahí, será porque ya has dicho todo lo que este lugar estaba dispuesto a escuchar de ti.
¿Qué hacer ahora?
*Máximo un encuentro por noche. Si hay varios jugadores -> minijuego
*Un jugador que haya pisado esta localización, no puede volver a visitarla
*Cómo funciona el indulto
Todos los jugadores que se encuentren en la sede nombran un jugador (mensaje privado a meleke). Si todos dicen el mismo nombre, ese jugador es indultado.
No se informa de la decisión del gobernador. La info se actualiza en el cartel de la Plaza de las ejecuciones.
*Cómo funciona el aplazamiento
Todos los presentes eligen a un jugador para que hable con el gobernador
El elegido intercambia las posiciones de dos jugadores de la lista de condenados
No se informa. La info se actualiza en el cartel de la Plaza de las ejecuciones.